Para mi maestro Marco A. Millán.
...y sentí vértigo y lloré,
porque mis ojos habían visto
ese objeto sagrado y conjetural,
cuyo nombre usurpan los hombres,
pero que ningún hombre ha mirado:
el inconcebible universo.
El Aleph
Jorge Luis Borges
I
Es la tercera vez que con un obscuro sentimiento de Dejá Vu, escribo este artículo,dos veces lo he empezado, las mismas que ha desaparecido. Se lo achaco a mi descuido, pero como esto nunca me ha pasado, miro con sospecha a la computadora que a su vez me mira con burlona insistencia.
Tal vez nunca escribí nada. Tal vez, lo que escribí no alcanzaba el nivel necesario para disertar acerca de un autor infinito y mantenerse en el papel. Tal vez, estoy condenado a escribir por siempre que escribo algo que no termina de ser escrito jamás.
Respiro profundamente y resignado, vuelvo a escribir, después de todo...
esto sería tambíén un tema Borgesiano.
II
Borges, bibliotecario, ciego, inteligente, culto, también hubo un Borges joven que vivía en Ginebra, uno niño que soñaba con tigres, uno que no ganó el Nobel, pero también estaba el que no le importaba, uno, que como persona detestaba a los negros, -eran inocentes, no tenían porque educarlos- decía con convicción, pero también estaba el escritor, ese es el que trasciende. Ese es el que nos ocupa. Ese es el Borges verdadero y no la imagen reflejada en el espejo. Ese es Jorge Luis Borges.
Cuando supe que los autores que me habían acompañado en la infancia, eran los mismos que habían acompañado a J.L.B., me pregunté seriamente quien había acompañado entonces a Kipling, Salgari, Verne y Doyle; probablemente, otros autores que eran ellos mismos, pues si una cosa he aprendido de mi maestro argentino es que un autor es todos los autores y todas las obras son una sola, infinita e inconclusa que se va refinando a golpe de lectura, pues también el lector contribuye a darle forma al otorgarle el sentido que le da su propia existencia.
Inmediatamente, viene a mi mente, una obra que vi en las fronteras de mi infancia y la adolescencia, tenía 12 años (ahora cuento con 24 y una actitud menos solemne) cuando en la clase de literatura de primer año de secundaria me enviaron al germánico restaurante Fritz, con su pequeño teatro clandestino en la parte trasera y su comida con un sabor demasiado fuerte para mi paladar casi virgen en esos menesteres.
Allí se exhibía una obra de teatro experimental, en donde un Dostoievsky y un Toltoi atormentados se encontraban en el purgatorio y se echaban en cara sus vidas pasadas, uno como noble y otro como un loco atormentado, me interesó semejante tema, pues asombrado comprobé que el Raskolnikov de Dostoievsky eran una misma persona. Durante el verano anterior en parte por el calor y en parte por la pereza en lugar de salir a jugar me dedique a leer Crimen y Castigo, lo que se convirtió en un verdadero tormento, pues sufrí con el protagonista pero por algún tipo de curiosidad morbosa y angustia no pude dejar de leer hasta terminarlo, fuí un ser melancólico durante unos seis meses
En el segundo acto, aparecieron en un sorprendente encuentro: Borges y Homero, uno ciego por enfermedad y el otro ciego por ser durante demasiado tiempo Homero. Borges encantado le rinde admiración al griego por haber creado a Dioses y Héroes. ¡Los más grandes!, Homero agradece pero admite envidiar secretamente a Borges, porque vivió en el siglo XX y observó maravillas y milagros que Homero sólo pudo imaginar, por ejemplo: el cinematógrafo y la televisión, esos si son verdaderos monstruos, no caricaturas como el minotauro y la hydra. Al final los dos se van caminando felices, tomados del brazo, olvidando que el lazarillo de uno es el ciego del otro, intercambiando ideas en una plática eterna y que ya no pude escuchar.
En esta obra es obvio que intercalaban textos del mismo Borges para poder vestir al personaje, es así que inmediatamente me di a la tarea de buscar a Borges y encontré el Aleph. Todavía estoy conmocionado.
III
El infinito se dice en una sola palabra y de corrido; pero ¿quién se detiene a reflexionar en un hipotético contenido de un concepto que sólo podemos imaginar en nuestra mente febril y limitada? Sólo alguien con un conocimiento obscuro y medieval del universo podría imaginar que alguien lo imagina, ese era Borges. Todavía me sofoco pensando en la capacidad para imaginar conceptos, personas y datos en esa magnitud.
En este año, se cumplen cien de su nacimiento, la ocasión es propicia para que se desate una ola vertiginosa de recordatorios, discursos y citas de Borges. Yo, como todos los verdaderos admiradores, me siento fuera de lugar.
Sin embargo, Borges está destinado (o condenado) a ser conocido o mejor dicho reconocido por el mundo; y seguirá siendo citado por quien nunca lo ha leído y seguirá transformando la idea del infinito de aquel que lo encuentre, porque Borges pertenece a ese grupo de escritores universales, el de los grandes entre los grandes, allí, donde está Homero y Shakespeare y Cervantes y por supuesto, Menard, el verdadero autor del Quijote.
Publicado originalmente en el periódico DVN, 1999. Universidad del Valle de México.
Thursday, April 20, 2006
Subscribe to:
Post Comments (Atom)

0 comments:
Post a Comment