Monday, May 29, 2006
Noche en Ticumán
Raudo y veloz corre el deportivo llantas anchas dividiendo el segundo exacto que delimita pasado-presente-futuro; el conductor observa el puente de metal oxidado que cruza y que sólo tiene un sentido, el sentido de llegar, de permanecer, de jugar una charada con la suerte y la aventura. La arena crepita bajo el peso del automóvil y el motor ruge un quejido de león cansado. Ha llegado, habla y pide que lo recuperen. Cinco minutos después la amistad hace presencia y la belleza se manifiesta en dos cuerpos que representan acciones subjetivas y solamente con sentido para una interpretación instintiva y con olor a durazno y sudor fresco. Minutos después se hace manifiesto el paraíso, risas, gritos, algarabía, disfrute. Al agua, al agua, sonidos burbujeantes, un poco de alcohol, la tentación de recuperar viejos vicios. risas, gritos, algarabía, disfrute. Nuestro hombre se pregunta que hace ahí, alza los hombres y pide que le enciendan un cigarro. Llega más gente y más gente. De repente aquello está lleno. Las platicas se confunden y la sensación es un sola, la de estar en un momento divino y eterno. Las horas se arrastran paradójicamente mientras la diversión se multiplica, lo que representa un verdadero misterio que nadie ahí, en el ahora, puede ni quiere interpretar o descubrir. Misterio para iniciados en el hedonismo y en ese eterno interés en emular a los griegos y sus bacanales. Sólo que ahora las lupercalias son definitivamente más rosas y menos contagiosas. La noche cae como mermelada de frambuesa mientras yo me limito a observar como mi ánimo se prende de las estrellas de un pueblo que no es mi ciudad aburrida y gris, sino llena de verde lima-limón con plantas que se sembraron en la playa de Cancún y sus frutos se recogen en bocanadas que aspiran labios jóvenes y blanquecinos. Sin entender porqué una mujer me toma del brazo y me dice que sea bueno con mi madre. Ahí todo eso tiene sentido y acepto su plática que intenta darle a mi vida el sentido de su vida, la cual no es para nada mala, muy al contrario ahora soy un poco ella y me congratulo por ello, pues ese es un momento para dar y aceptar sin hacer mayores preguntas, ni cuestionamientos. Me doy cuenta que es la madrugada y yo estoy lejos de casa y tal vez un poco sólo, pero no me importa y me deslizo a mis sabanas mientras en mi iPod el último movimiento de la 9 de Beethoven me golpea suavemente y me dice... se feliz.
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1 comments:
Me siento halagado, Dr. Díaz-Desaida, por haber sido intertextualizado en tan sublime partitura.
¡Salud y larga vida a las letras y a las noches densas que caen sobre nosotros como mermelada!
Un abrazo, fráter.
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