Uno de mis amigos más cercanos es el Fabo Pesqueira, que también es uno de las personalidades más peculiares que conozco, frio para los negocios, terriblemente generoso en muchos aspectos, un bromista excesivo y uno de los grandes comediantes que nos dio este siglo, recuerdo haber reído hasta el desmayo con su imitación de un predicador brasileño de un comercial de una Iglesia que se anunciaba en un infomercial en las madrugadas. No es materia de este relato contar aquella anécdota de cuando nos contrató a sus amigos más cercanos para ayudarlo a transportar un caballo desde un desvencijado aeropuerto en Toluca hasta otra desvencijada pista en Durango con el fin de que corriera el derby de Victoria, una mítica y clandestina carrera de caballos entre productores de cine, millonarios y algún narco colado, en el que se juegan millones en 10 minutos y en donde Jorge Pastrano y yo conocimos a la única mujer que ha provocado una pelea, que llegó a las manos, entre nosotros, Elena Hasbún; ni támpoco cuando iniciado en el juego de las apuestas de la bolsa de valores nos convenció de meter 50 mil para ganar en una semana 25 mil más y al final quedar con lo suficiente para comprar una botella de Black Label cada uno y ponernos hasta la madre por las pérdidas logradas.
Sin embargo, hay una anécdota menos dinámica pero más ilustrativa que me parece que lo pinta de cuerpo completo. Soy un firme creyente de que hay pequeños hechos que desnudan y muestran su alma.
(En construcción / Continuará)
Thursday, March 12, 2009
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